Empiezo por lo difícil: es probable que no te caiga bien.
Gestiono pisos turísticos en Barcelona desde 2010. Para buena parte de esta ciudad, eso me coloca en el lado equivocado de una discusión sobre la vivienda que lleva años agriándose. Lo entiendo. Y no escribo para decirte que te equivocas, porque en casi todo no te equivocas.
Tienes razón con la maleta rodando por la escalera a la mañana. Con la caja de llaves atornillada al portal (cosa que no hacemos, pero que muchos siguen haciendo). Con que no te gusta que entre y salga gente que no conoces. Eso no es una exageración de alguien que protesta por protestar: es tu vida, y se ha vuelto más incómoda. Real.
Y tienes razón en algo peor, algo que me toca de cerca: buena parte de mi sector se lo ha ganado a pulso. Pisos sin licencia operando a la vista de todos. Gestores que cobran, pero desaparecen cuando revienta una tubería un domingo. Ruido a las tres de la madrugada y ningún teléfono que responda. Si tu idea del alquiler turístico se formó con eso, tu idea es correcta. El problema es que está incompleta. Déjame contarte la otra mitad.
Lo que Airbnb significó de verdad, al principio
Cuando esto empezó, yo lo vi como algo casi bonito: alguien pateó el tablero del turismo.
Antes, del dinero que dejan millones de visitantes vivían cuatro cadenas hoteleras, y ponían ellas el precio. De repente, una persona normal podía alquilar su piso las semanas que se iba de vacaciones, pagarse el propio viaje y encima quedarse con algo — mientras un huésped se alojaba feliz y más barato que en un hotel.
Y ese huésped también era gente como tú y como yo. A mí me pasó: ¿cuántos viajes hicimos en familia o con amigos pagando un piso entero —con su cocina, su salón, sus dos habitaciones— por un precio normal, a veces hasta económico, en vez de reservar dos o tres habitaciones de hotel que no nos podíamos permitir? Eso es lo otro que hizo Airbnb, y no es menor: puso a viajar a familias que antes se quedaban en casa porque el hotel para cuatro o cinco no salía. Democratizó las dos puntas: la de quien alquila y la de quien viaja. Por eso el hotel lo odia — le rompió el precio y el formato. Y eso molesta.
He tenido amigos con sueldos de empleado, de esos que llegan justos a fin de mes, que haciendo esto se sacaban un extra decente que les cambió la vida. Pudieron hacer ese viaje que soñaban. Pudieron hacer esa reforma que antes era imposible. Darse un respiro que, con su nómina, antes era impensable. Números que solo alcanzabas siendo ejecutivo de una multinacional, de repente los alcanzaba un trabajador normal con un piso y ganas de cuidarlo.
Luego llegó la restricción, y la prohibición. Y esos ejemplos se apagaron. Vuelta a la nómina de siempre. Te pregunto en serio, sin trampa: ese respiro para toda esa gente que trabaja duro — ¿estaba mal?
Porque a los políticos les encanta prohibir. Es lo fácil. Prohibir y señalar a un culpable es el ABC de la política actual — no requiere pensar, no requiere construir nada, y siempre queda bien en un titular. Lo difícil, lo que sería de verdad su trabajo, es lo otro: preguntarse qué podemos hacer para mejorar esto. Ordenar el sector en vez de cargárselo. Perseguir al ilegal en vez de castigar al que cumple. Hace mucho tiempo que a nuestra política no se le cae una idea para mejorarnos la vida — solo para quitarnos cosas y decirnos de quién es la culpa.
Quién tiene de verdad estos pisos
Te han contado que detrás de esto hay fondos buitre y grandes tenedores. Es un relato cómodo. También es, en su mayoría, falso.
En Barcelona hay unos 5.000 propietarios de piso turístico, y el 88% tiene una sola licencia. Una. En nuestro caso es casi la norma absoluta: gente con un único piso que pelea por una jubilación que da vergüenza, o por pagar una hipoteca y que le sobre algo a fin de mes. No son fondos. Son tu vecino del tercero, que heredó el piso de sus padres y no quiere venderlo. La señora de 68 años que redondea una pensión de 900 euros y que apostó a tener un piso turístico para ver si puede tener una vida digna. Ejemplos te prometo que hay miles, y eso hay detrás de la mayoría de estas puertas, aunque el titular diga otra cosa. Lo entiendo: manipular es el camino más sencillo a más votos, más poder.
Los números, sin inflarlos
El alquiler turístico legal es el 0,77% del parque de vivienda de Barcelona. Menos de uno de cada cien pisos. Y está congelado: la ciudad no da licencias nuevas desde 2014. Mientras tanto, hay 26.600 despachos y oficinas operando dentro de viviendas —más del doble que pisos turísticos— y 8.865 pisos sencillamente vacíos. Nadie sale a la calle por ellos.
Y aquí el dato que lo rompe todo: en cinco años el alquiler en Barcelona ha subido un 93%. Con el turístico congelado desde hace más de una década. Piénsalo un segundo: si la causa de que tu alquiler se dispare fueran los pisos turísticos, con el turístico frenado no debería haberse movido. Y se disparó igual.
Entonces la pregunta honesta no es "¿de quién es la culpa?". Es "¿por qué sube de verdad?". Y la respuesta, aunque sea menos cómoda para un titular, se sabe.
Por qué sube el alquiler (esto sí)
Primero, y por encima de todo: no se construye. Se levanta la mitad de la vivienda que hace falta para los hogares nuevos que se forman cada año —lo dice el BBVA, no yo—. En toda Barcelona se iniciaron unas 1.200 viviendas en un año entero. Un déficit que el Banco de España cifra, en el conjunto de España, entre 450.000 y 600.000 propiedades. Cuando faltan pisos, el precio sube. Así de simple y de brutal.
Segundo: no se construye porque no hay suelo y la burocracia asfixia. Un proyecto tarda años en salir del papel entre licencias, trámites y costes. Súmale la factura fiscal de construir y comprar. El resultado es que hacer vivienda asequible casi no sale a cuenta, y lo poco que se hace, se hace tarde. Y a esto súmale la cantidad absurda de impuestos si se quiere comprar una vivienda.
Tercero: la demanda no para de crecer. Barcelona crece, y ese crecimiento se apoya casi entero en gente que llega de fuera a vivir y trabajar. Más personas queriendo el mismo número escaso de pisos. La cuenta no falla.
Cuarto: no hay vivienda pública que amortigüe. En España la vivienda pública es el 1,5% del parque. En Europa, el 9%. Seis veces menos colchón para quien no llega al mercado libre. Eso no lo causó ningún propietario de Airbnb: lo causaron décadas de no construir vivienda social.
Y quinto, el más incómodo: parte de la vivienda de alquiler que ya existía ha desaparecido del mercado. Con el tope de precios y la inseguridad jurídica, muchos propietarios han retirado sus pisos: los venden, los dejan vacíos, o los pasan a temporada. El Gobierno dice que los precios han bajado un poco; el sector responde que sí, pero que hay muchísima menos oferta —Idealista habla de caídas superiores al 80% desde 2020—. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez, y las dos te perjudican si buscas piso: menos donde elegir, y más gente peleando por lo mismo.
Nada de eso es el piso turístico. El piso turístico es el 0,77% que lleva una década congelado. Es, literalmente, la última casilla de la lista.
Quién quiere de verdad que esto desaparezca
Conviene mirar quién aplaude la prohibición desde la primera fila. No es solo el vecino cansado. Es el lobby hotelero, que lleva quince años viendo cómo una parte del pastel se le escapaba hacia miles de propietarios pequeños. Que el piso turístico desaparezca significa para ellos algo muy concreto: recuperar el monopolio del alojamiento. Volver a poner ellos el precio, sin competencia.
¿Y sabes qué pasa cuando lo consiguen? No hace falta imaginarlo. Ya pasó.
Nueva York, o la película que ya vimos
Nueva York prohibió los pisos turísticos con exactamente el mismo argumento: liberar vivienda, bajar alquileres. Eliminó más del 90% de los Airbnb de la ciudad.
¿Resultado? Los alquileres no bajaron: siguieron subiendo, más rápido incluso que en ciudades comparables. La vivienda disponible no aumentó. Lo único que se disparó fueron los precios de los hoteles, muy por encima de la media del país. El gran ganador fue justo el sector que había hecho lobby por la ley: el hotelero. Y por el camino, los barrios exteriores perdieron más de 15.700 empleos.
Prohibieron, no bajó el alquiler, subió el hotel, murieron empleos. Esa es la película. Y estamos a punto de reestrenarla en Barcelona con otro reparto.
Los empleos que nadie nombra
Porque cuando un piso turístico se apaga, no se apaga solo un piso. Se apaga la señora que lo limpia. El chico que hace los check-ins. El técnico que corre un domingo. La lavandería del barrio, el reparto de ropa, el cerrajero, el fotógrafo, y un largo etcétera de gente que vive de esto y que no sale en ningún titular.
Es facilísimo echarle la culpa al piso turístico. Es más difícil mirar a la cara a las familias que viven de que exista.
Lo que no se ve en ningún dato
Y ahora déjame contarte lo que de verdad es este trabajo cuando se hace con el corazón, porque de eso no habla ningún informe.
Es entrar a un piso y encontrarme a una de las chicas del equipo de limpieza cantando mientras trabaja. Parece una tontería. No lo es. Ese día sé que la gente que trabaja con nosotros está bien, y si ellos están bien, todo lo demás sale bien.
Es el mensaje de un huésped que se va y se toma dos minutos para darnos las gracias, para decirnos que Barcelona le regaló unos días que no va a olvidar. Después de dieciséis años, eso todavía me emociona. Es, literalmente, para lo que hacemos esto.
Y es —esta es la parte que casi nadie del sector se toma en serio— la relación con vosotros. Cuando entra un piso nuevo a gestión, una de las primeras cosas que pedimos es el WhatsApp de los vecinos de alrededor. No para cubrirnos las espaldas: es para estar. Para que, si algo pasa, haya una persona al otro lado que responde antes de que tú tengas que bajar a tocar una puerta. Aunque no te lo creas, con los vecinos tenemos muy buena relación. Y no es casualidad, te lo prometo.
Tenemos una frase que decimos siempre entre nosotros, y que resume mejor que nada quiénes somos:
Primero son los vecinos. Después, los huéspedes.
Porque el huésped se va en cuatro días. Tú te quedas. Tú vives ahí. Y eso, para nosotros, se respeta antes que nada.
Lo único que te pido
Y cuando el turístico ya no esté, y el alquiler siga subiendo —porque, por todo lo de arriba, va a seguir subiendo— habrá que buscar nuevo culpable. Quizá le toque entonces a las 26.600 oficinas metidas en pisos residenciales, muchas medio vacías, que te prometo que son muchas más que pisos turísticos. Las viviendas son para vivir. Claro que sí. Estoy de acuerdo. Apliquémoslo entero, no solo a la mitad que molesta menos a según quién.
Hay gestores que tratan un edificio como un cajero, y hay equipos que lo tratan como lo que es —la casa de alguien, en el barrio de alguien—. Meternos a todos en el mismo saco es tan cómodo como injusto, y tú, que has sufrido a los primeros, eres quien mejor puede distinguirlos. Júzgame por eso: por la conducta, no por la categoría.
Llevamos dieciséis años apostando a algo que suena naíf y no lo es: que esto se puede hacer bien. Rentable para el propietario. Inolvidable para el huésped. Y cuidadoso con el vecino que sigue ahí cuando el huésped ya se ha ido. Esa última parte —la tuya— es la que nadie del sector nombra. Yo la nombro, y sobre todo la cuido, porque esta ciudad no es un decorado que se alquila por noches: es la casa de todos, también la mía.
No te pido que quieras lo que hago. Te pido que, la próxima vez que oigas que la culpa de todo la tiene el piso turístico, te acuerdes de esta carta y pienses: no era tan sencillo como me lo vendían.
Porque al final esto va de algo muy viejo y muy simple: tratar al de al lado como te gustaría que te trataran a ti. Lo demás es puro ruido.
Nos vemos por el barrio. Agus
The human side of hospitality · Barcelona, desde 2010.